miércoles, 7 de noviembre de 2007

El Rojo y el Necro

Perdón que lo moleste, ya sé que los difuntos no hablamos con extraños. La vida es como el juego de las sillas: una vez que se queda uno en el aire, nadie va a estar de acuerdo en que siga jugando. t0 a qué cree usted que va la gente a los velorios? ¿A confortar a los dolientes? ¿A ensalzar las virtudes del occiso? ¿A llorar sin cobrar? No, señor: la gente va y se junta en los sepelios para decirle al muerto: «Que conste que te fuiste», y de paso advertirle que no hay viaje de vuelta. Nadie llora por nada, cuantimenos de gratis. Ay, sí, cuánto sufrir, más tardan en limpiarse las corbatas moquearlas que en sacar a remate las del fiambre.
¿No me cree? Mire, es fácil. Sólo acuérdese del bonito slogan donde culminan todas las plegarias y alusiones a difuntos: Descanse en paz. Supuestamente tal es el resumen respetuoso de nuestros buenos deseos, pero no hay que ir muy lejos en teología, lingüística o filología para encontrar en tan piadoso exhorto unos cuantos mensajes adjuntos: ¡Salúdanos a Nuncavuelvas! ¡Cúchila ya de aquí, apestoso! ¿De dónde dice usted que me conoce? Por descompuesto y pálido que uno logre lucir, jamás va a cometer la torpeza de dirigirle la palabra a quien no sabe cómo amedrentar.
Si hasta los deudos ruegan al Creador que nunca les devuelva al finadito, ¿qué podría esperarse de un extraño^,
El problema caliente sobreviene cuando los tales deudos resultan un hatajo de miserables, que en vida le causaron sinsabores incontables, de manera que la súbita aparición del muerto no puede sino alimentar un terror fronterizo con la embolia. Puesto que la visión de un enemigo muerto acusa la presencia de un acreedor sin cuerpo: la clase de visita que entra por la ventana de la recámara y sale por la puerta del quirófano. Le decía, pues, que cuando un muerto insiste en quedarse entre los vivos, le quedan dos salidas: una es meterse a cobrador, martirizando a sus perversos deudos, a riesgo de matarlos de un soponcio y resignarse a verlos como iguales; la otra consiste en andar por ahí penando, lo cual a fin de cuentas tampoco es tan penoso como la gente cree.

Cierto que es muy difícil entrar en comunicación con los mortales, porque como le dije: no lo quieren a uno por aquí. Pero hay días, o más bien noches, en que las almas bajan sin el viejo temor de ser echadas a punta de conjuros y detentes. La época navideña, por ejemplo, admite algunas cuantas excepciones, igual que ciertas multitudes distraídas. Ahora mismo podría materializarme en medio de una turba de pacifistas enardecidos y le aseguro que nadie me advertiría. En realidad la gente nunca se fija en nada. Van en lo suyo, pendientes de su juego, prendados de su estrella, recelando de abstractos y futuros virtuales. Igual que usted ayer, manejando en sentido contrario por el Periférico. Menos mal que pasó de madrugada, de otro modo no estaría yo solo reclamándole.

Pero no abra esos ojos, que no vine a jugar a los sustitos. Y por favor no trate de escaparse irresponsablemente de esta situación con el pretexto fácil de que le ha dado fiebre o está agonizando. Si se fija, tiene usted fracturados los brazos, piernas y costillas, pero su cráneo permanece intacto. ¿No pasó media tarde viendo televisión .Verdad que se alegró cuando vio que no iba a pisar la cárcel? ¿Y usté que dijo? Ya la vi de gorra ¿no?

En otra circunstancia yo sé no le queda más que seguir oyéndome, además ha podido comprobar que, sin necesidad de ser amigos, tampoco somos dos desconocidos. No negara que tiene mucha suerte: aparte de estar vivir pudo conocer al bulto que arrolló en el periférico y con ello se evita la molestia de vivir con el miedo del mas allá. Como ya puede verlo, el más allá puede ser de lo más ordinario. Y de una vez le aviso que no lo verá de gorra. Entendida la fina variedad de gusarapos que integran mi recién abandonada familia a usted solo le queda la indeclinable opción de seguirme aguantando mientras viva. Que tampoco va a ser tanto tiempo.

Se que es algo abusivo de mi parte, tal vez seria mas justo de mi parte irle restarles años a mis deudos , que mientras fui mortal no se cansaron de agraviarme en lugar de acechar la fracturada vida de quien sin proponérselo se convirtió en carroña. Pero soy y no usted el que reclama justicia. ¿Ya vio que casi-no tengo cuerpo? ¿y usted cree que sufriendo de tan grave transparencia no me cuesta un esfuerzo sobrecadavérico venir a aparecerme donde nadie me llama?

Quiero que quede claro: no es que busque venganza por esto que usted me hizo. Lo que pasa es que nadie más puede ayudarme, y en últimas usted es de confianza. Ahora bien, tanto como ayudarme no estoy muy seguro. La única ayuda que me está prestando consiste en escucharme, y eso porque no tiene alternativa. En mi caso
Tampoco me queda para dónde hacerme. Como le digo, no quiero nada con mis deudos. Cuando acabó el sepelio y al fin los vi largarse para siempre, no se me ocurrió nada más brillante que venir a esta clínica y contemplarlo ahí: doloroso y sangrante. No es un lindo paisaje, pero tendría que haberme visto destripado bajo las llantas de su coche. El de usted, ya le dije que no se me haga el moribundo. Y tampoco hace falta que se sonroje. Pero al cabo, si no quiero venganza, se preguntará acaso qué diablos busca aquí mi ingrávida presencia. En realidad, no soy del todo ingrávido. Así como mi espectro es casi transparente, mi peso es casi nulo. Dos kilos, cuando más. Puedo flotar, si quiero. Pero también puedo pararme sobre el piso, como en este momento. Y tal vez ello explique ese rostro de progresivos tonos carmesí. Es más, yo diría que está totalmente morado.
Sobre todo desde que me planté con los dos pies sobre el tubo que comunica la sonda pulmonar con el tanque de oxígeno. ¿Ya vio como no soy una visión? ¿Se da cuenta que no tiene usted fiebre, ni delirios agónicos? ¿Verdad que mi modesto peso específico sirve a las maravillas para impedir el paso de ese oxígeno urgente que en cuestión de segundos resultará superfluo?

Pero no me vea feo. Pocos tienen el privilegio de marcharse con la certeza plena de un Más Allá.
Que en mi caso, y ya casi en el suyo, vendría a ser concretamente -Más Acá. Y es por eso que no me he despedido. Ah verá que luego de estar quince minutos presente en su lirio y comprobar cuán viles son los vivos, va a queda perpetuamente agradecido. Por lo pronto, lo espero e tanatorio: hay un par de difuntas concupiscentes que ve que no tienen con quién irse. Apresúrese, pues; vaya aligerando. No sea que en una de éstas me exaspere y deje de veras descansando en paz.


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Fragmento tomado del libro 'materialismo histerico' de Xavier Velasco, un libro excelente, por cierto.

3 comentarios:

Veronica dijo...

Ay, el materialismo histérico es un libro bien divertido, lo leí hace como 2 años y en verdad lo disfrute infinitamente; a mi la historia que más me gusta es la de... (cielos no me acuerdo del nombre) bueno en la que del tipo al que le dicen "le puedo robar un minutito de su tiempo" y que le responde con una perorata sobre el tiempo y porqué no se lo puede robar así como así y como no es un minutito sino un gra minuto y bueno todo eso reí como loca cuando lo leí me daban una ganas inmensas de aprenderlo y responderles así a todos los tarados que gustan de quitarle el tiempo a uno. Ahora que leo en tu blor y en el space de JDS fragmentos de este libro hasta ganas me han dado de des empolvarlo y releerlo quizá lo haga este fin de semana.

No se si pueda catalogar a Xavier Velazco como mi autor favorito pero he disfrutado mucho sus libros y bueno "Diablo Guardián" es MI libro favorito es... tan sabroso "¡quiero mi corvette amarillo!".

En fin saludos.

amielita dijo...

queridisima V, cierto es un libro umamente divertido, por otro lado, es el unico libro de Xavier (recorde los xmen)que he leido, siempre que voy a la libreria veo 'el diablo guardian' pero nunca me he detenido a ojearlo, pero con tu recomendacion, posiblemente sea el proximo libro que compre y ya comentaremos

beso mutante
A.

JDS dijo...

¡Ah, sí! Esta historia me encantó. A esta historia le hubiese puesto un 15 (en tu escala del 1 a 10).

Un saludo.

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