martes, 5 de agosto de 2008

El fuego de artificio

Esperaba pacientemente en la caja junto a los demás. Sabía que tendría su momento de gloria, como todos, aunque ese momento tan sólo durara unos segundos. Esperaba, y esa espera se le hacía larga. Mientras, pensaba.


Oía el rumor de la gente acercándose ansiosa a la explanada. Comenzaban a arremolinarse como polillas atraídas por la luz de los fuegos artificiales.


Poco a poco sus compañeros fueron disparados. El aire impregnado de pólvora quemada se volvía más denso al mezclarse con el olor a churros y a verbena.


Uno a uno los cohetes ascendían y explotaban en un estallido de color. Como una cascada brillante inundaban el cielo oscuro. Eran como flechas disparadas al firmamento. Cuando acertaban en la diana de la noche, se rompían en mil pedazos fulgurantes.


Hemos dicho que el cohete de nuestra historia pensaba... ¿En qué podía pensar en un momento así?. Desde que llenaron su cuerpo de pólvora de artificio y le convirtieron en lo que ahora era, miles de preguntas esperaban contestación. Una por encima de todas era la responsable de sus noches en vela y de que pegara su único ojo a una grieta de la caja para poder ver el firmamento en noches estrelladas: ¿Qué habría más allá? Sabía que su vida estaba abocada a un desenlace trágico y al mismo tiempo deslumbrante, que su fin era alcanzar la belleza de lo fugaz en un único instante mágico, en el que brillaría un momento para luego desaparecer. Sabía que ese ocaso definitivo significaba también la gloria, pero quería saber si había algo más. Deseaba ardientemente sobrevivir y sin embargo ansiaba el momento decisivo en el que, como una centella, surcaría el cielo y rompería la oscuridad con su torrente de luz para luego disiparse.


Le parecía terriblemente injusto haber vivido todos aquellos años de anonimato para lograr rozar durante unos pocos segundos la eternidad y luego perderla.
Ninguno de sus compañeros se planteaba esa cuestión. Ellos eran felices con su destino y acataban sin más la desaparición como algo inherente a sus vidas.


Se había quedado solo en la caja. Todos los demás cohetes habían tenido su momento de gloria. Empezó a temer que a él se lo negaran. Se preguntaba si no era únicamente «pólvora mojada».
Cuando le prendieron fuego, salió disparado como una exhalación, elevándose por encima de la gente. Segundos más tarde estalló en miles de partículas de chispeantes colores que revolotearon por el éter hasta que se desintegraron entre el entusiasmo general. La muchedumbre aplaudía enfebrecida. Nunca se había visto una traca final tan deslumbrante.


Una décima de segundo antes de desaparecer definitivamente, el cohete tuvo la certeza de que en las corrientes de la vida no hay ningún fin vano. Supo que volvería de nuevo en otra molécula de diferente composición. Por fin, había conquistado la inmortalidad: en ese mismo instante se convirtió en una estrella.
Paloma Orozco.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Las corrientes de la vida tienen diversos afluentes... unos más profundos, otros más tormentosos.
Todos estamos compuestos por las mismas moléculas en distinta proporción...
Y todos tenemos un destello antes de sumergirnos en la obscuridad.
De forma similar a los fuegos de artificio, nuestra composición básica es la misma.
Pero es lo agregado, los oligoelementos, los que hacen que los colores que destellen sean distintos.
Entre la pirotecnia que es nuestra existencia, existen fuegos que destacan por su efecto visual o por su elaborada composición.
Yo encontré uno con un resplandor plúmbago...
como una estrella cardinal...
Con una elaborada composición.
Sé de antemano que no existen muchos fuegos de artificio como ése.
Porque más que artificio, es arte y oficio... que no es ficticio.

Vidita dijo...

que bello...me rcordo la inocencia con que veo cada 15 septiembre las coloridas moleculas inundando el cielo...vuelvo a ser niña por eso nunca me los pierdo.

Strika dijo...

Era un cohete kamikaze. Lo bueno es que se volvió famoso y se convirtió en una estrella.

Enrique Morán dijo...

El comentario de Strika me hizo recordar la canción de la historia de la perra Laika, del grupo Mecano.
“En la Tierra hay una perra menos...y en el cielo una estrella más”.
Saludos

Kabala dijo...

No todo mundo esta destinado a brillary casi ningun resplandor puede prolongarse indefinidamente

Ironía, sarcasmo, humor negro, sexo, amor y desamor, cine, libros, música, mujeres, locura, amargura y cosas peores