martes, 28 de octubre de 2008


Los libros se hablan entre sí, no hay duda. Hacen dúos, ménage á trois, bacanales orgiásticos… una mancuerna que me fascinado es leer en forma simultánea “Amor y occidente” de Rougemont y dos de la trilogía de Alberto Ruy Sánchez “Los nombres del aire” y “En los labios del agua”. A diferencia de varios escritores que, enlazando adjetivos sinonímicos creen enfatizar las cualidades de las cosas –como cierta conductora de noticieros que no mencionaré-, Ruy Sánchez, con su “prosa de intensidades” cumple el cometido del lenguaje: transpolar la esencia de las cosas del mundo exterior -con el anzuelo de las palabras- al “castillo del alma” sobre el que disertaban los eruditos medievales (tratado por T. Harris en Hannibal como “El palacio de la memoria”). Dos polos: Rougemont, hegeliano –análisis, síntesis, antítesis-, Ruy Sánchez, éxtasis –pintor de sueños-.

Rougemont, en el capítulo de “Los místicos árabes” cita lo siguiente: “(…) Trabajos más recientes han revelado la existencia en el Islam desde el siglo IX de una escuela de poetas místicos cuyos miembros principales fueron más tarde Al Hallaj, Al Gazali y Suhrawardi de Alepo, trovadores del amor supremo, cantores cortesanos de la idea velada, objeto amado y al mismo tiempo símbolo del deseo divino

Ruy Sánchez aborda el erotismo con los matices de la mística sufí; ya desde la cita de M. Yourcenar queda establecido el sostén temático; todo se entreteje en torno al deseo, amalgama de espiritualidad y sensualidad. El aroma yodado del mar de Mogador, las exquisitas evocaciones visuales de la ciudad –algunas originan remembranza de las miniaturas persas, como el vuelo de la abigarrada multitud de pájaros en el aire seco y estival del Puerto de Mogador, las telas de sal sedimentada en los muros que los niños intentaban apresar- la descripción de anhelos y sueños. Fatma, la protagonista, sutilmente envuelta en metáforas visuales etéreas –como bien lo aplica su propio título, los nombres del aire-: bajo el marco de una celosía de madera que recorta estrellas solares, abstraída, recuerda a la gitana del “Romance sonámbulo” de García Lorca; la fórmula grabada en una ventana de Mogador “donde el deseo todo lo habita el aire es a la ventana lo que la red a los peces”, esa ventana que es el marco de Fatma; la red de los pescadores: Mohammed y Amjrus. Por otra parte, el simbolismo de la espiral: todo gira, todo converge en punto llamado deseo; deseo físico, deseo metafísico. El pájaro solitario descrito por la abuela de Fatma, Aisha, es deliciosamente anfibológico: puede ser la incipiente sexualidad de Fatma; pero visto desde la mística sufí, un Simurg, un ave del alma, que no admite compañía en su ardua búsqueda de Dios; un viaje “sin regreso, muy dentro de ella misma” concéntrico, como la espiral estructural central del relato –la ciudad de Mogador y su calle del caracol- (la travesía de alcázares concéntricos hasta llegar al centro, al descubrimiento extático, es un concepto sufí que “castellanizaron” Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz). También mención aparte merece el Hammam -ese baño/templo iniciático de Eros-, con su conjunción de aire-fuego-agua, anula categorizaciones y religiones, enlaza deseos, y al mismo tiempo es un mundo divido: diurno-femenino/vespertino-masculino: Entra. Esta es la casa del cuerpo como vino al mundo. La del fuego que era agua, la del agua que era fuego. Entra. Cae como la lluvia, enciéndete como la paja. Que tu virtud sea la alegre ofrenda en la fuente de los sentidos. Entra

Inclusive en un plano aun más metafísico (o motafísico, como diría A) –sin consumir nepente, lo juro- la cóclea, esa estructura espiral del oído interno, émulo de Hermes -como mensajero de lo externo con lo interno, de lo profano y lo sacro-, me parece análogo con Mogador: líquido vital –agua vs endolinfa- circulando por los recovecos concéntricos de la espiral –cóclea/caracol- reflejo de la búsqueda espiritual/física de los hombres. (FIN DEL LAPSUS MOTAFÍSICO)

“Maimuna me había dejado hundido en un delirio por ella. En todo y en todos quería encontrarla. Y fue así como entré en un torbellino de posesiones que a ratos parecía completamente caótico y a ratos obedecer a una geometría perfecta”

Como expresa Rougemont en el capítulo “Planteamiento del problema” (…) He ahí, pues, el dilema que plantea el amor-pasión: si en él no se ve más que una sexualidad, ello equivale a decir que no se sabe de qué se habla. Si, al contrario, se reduce este amor a alguna cosa extraña al sexo, resultan cosas extravagantes, como más o menos dijo Schopenhauer”

4 comentarios:

marichuy dijo...

Aurore

Que buena reseña, entremezclada o simultánea, como fue tu lectira. Yo debo confesar que de la trilogía de Alberto Ruy Sánchez solo he leído "Los jardines secretos de Mogador", que me encantó por cierto.

Saludos

Karla dijo...

Piqué el anzuelo...voy a buscarlo mañana a la casa del libro.
Gracias!!!

Aurore Dupin dijo...

Marichuy: Me alegra sobremanera que te haya gustado. Por mi parte, leeré "Los jardines..." para completar trilogías. Ya vendrán las tetralogías, pentalogías... y muchas (ogías) más... y orgías también ¿por qué no?

Karla: Bien por ti. Al equipo de hedonistas pocas cosas les complacen más que compartir la bibliofilia.

Adéndum.- Espero que nuestra Magna Mater genetrix (Poesía)retorne pronto.

A dijo...

Me gustó los nombres del aire...y tambien me quedo con la idea de unos sonambulos/amorosos modificados segun mi romanticismo infantil

Besos rosas
A.

Ironía, sarcasmo, humor negro, sexo, amor y desamor, cine, libros, música, mujeres, locura, amargura y cosas peores